Tradiciones, mitos y leyendas en el País Vasco.

Juan Mugarza Zaldumbide
2 tomos, Bilbao, 1981, 1987.

La primera edición la lanzó al mercado la efímera editorial bilbaína “Laiz, S.A.”, en 1981. La segunda, que es la que ha llegado a nuestras manos, corrió a cargo del autor en noviembre 1987, según reza en la frontal del libro. Las dos ediciones, ya añejas ambas, están agotadas y son difíciles de conseguir.
Es un libro especial éste del bilbaíno Juan Mugarza por muchos motivos. Por el título nadie podría sospechar que fuera una obra dedicada especialmente a las aves, pero emplea en este sujeto más o menos la mitad de las 600 páginas que suman los dos volúmenes, especialmente en el primero de ellos. No en vano, ya había dado a conocer antes y lo seguiría haciendo después el autor su interés por la naturaleza, plantas medicinales y micología en particular, (Formulario de plantas mecidinales, Laiz, 1983; Setas comestibles y venenosas: conocerlas y diferenciarlas, Editorial Cantábrica, 1992; A pie por el Pagasarri: guía integral del pulmón de Bilbao, Librería San Antonio, 1993; Pinchos de setas silvestres y cultivadas, edición propia, 1995; Plantas y remedios naturales de los Caminos de Santiago, Plaza & Janes, 1999, ya publicado anteriormente de la mano de la Librería San Antonio; Afrodisíacos: recetario natural de plantas estimulantes y afrodisíacas, Plaza & Janes, 2000; los dos últimos junto al mediático navarro Txumari Alfaro, de quien era colaborador habitual) y con menos asuidad pero no menos intensidad por las aves en el voluminoso Aves de Euskal Herria, Diputación Foral de Vizcaya, 1986.
No hace falta sino abrir el libro que nos ocupa para percatarse que el autor es un amateur con tanta dedicación y entusiasmo como con falta de preparación para estas lides. Aun así el libro hace un ingente aporte de material inédito hasta entonces y también hasta nuestros días. El gran problema y carencia del libro, que lo hace casi inservible, si no es como guía orientativa, es la citación de las fuentes. Recoge el libro cientos de datos interesantisimos, algunos fruto de la labor de campo del autor, pero no cita las fuentes más que ocasionalmente y sin ningún rigor y son demasiado escasas las menciones bibliográficas (calendario Club Master 7, 1976; Essai d’une Bibliographie de la Langue Basque de Julien Vinson, para la leyenda de Pedro de Axular, Historia Vasca, del padre Bernardino de Estella para la leyenda de la Dama de Murumendi, Antología de los Líricos Castellanos de Marcelino Menéndez Pelayo para la leyenda de la Calavera, Flossantorum de Fray Petro de la Vega, 1521, para la leyenda del peregrino del Camino de Santiago…). Alguna mención en el Preámbulo del libro escrito por Jesús María Echagaray parecen dar a entender que se trata básicamente de trabajo de campo del propio autor. Otras declaraciones ambiguas de la pluma del propio autor en el Prólogo tampoco aclaran nada al respecto y el cuerpo general del libro carece de sustancial mención a fechas, lugares, informantes que sustenten esta idea y hubieran dado un incomparable valor al libro. La “leyenda del pájaro solitario” que abre el corpus, escribe el autor que “la cuenta la tradición” lo que mismo que la “leyenda del Monje del Monasterio de Leire” que hace la número cuatro y otras muchas más adelante. “Leyendas de aves”, segunda de la nómina, se la contaron “siendo niño” y la “leyenda del manantial de Azor”, sexta de la colección, le fue relatada en 1948 por un cazador alavés, la “leyenda del Buitre” se la relataron en el barrio Guezala de Ceberio, la leyenda de los Cisnes se lo contó un pescador de la zona de Lapurdi, la leyenda del Chochín o Txepetz la entrecomilla tal como se la contó un aldeano de Ceberio, aunque el lenguaje que transcribe difícilmente se le pueda atribuir a tal personaje… así de vagas y etéreas son las fuentes de las que bebe el autor.
El libro se abre con una “curiosa divagación” parece que tomada muy en serio por Juan Mugarza sobre la interpretación orgánica y comparación de la comarca de Bilbao con “el gallo silvestre de las montañas del Cantábrico”, que se trata nada más y nada menos que el esquema orgánico del proyecto realizado, eso sí, a posteriori, pero con una proyección o augurio para el año 2000. Creemos que para estas alturas, el lector ya se habrá hecho una idea ajustada del rigor científico del trabajo que nos ocupa.
Después del sorprendente inicio se presenta el corpus de Leyenda que van a completar el primer volumen. Tras un epígrafe titulado “Leyendas, mitos y tradiciones (Aves)” le sigue otro “Cuentos y leyendas”, que encabezan 80 páginas (13-96) con breves relatos no siempre relacionados con las aves, o de una manera muy tangencial, como es el caso, por ejemplo, de la “Leyenda de Pedro de Axular”; ni en muchas ocasiones directamente al menos con el País Vasco, buena muestra del espíritu viajero y peregrinage jacobeo del autor.
Sigue a este primer cuerpo de leyendas otras encabezadas con el epígrafe “Leyendas de otros países (pp. 97-104), donde incluye relatos desde Grecia hasta Japón). A continuación dispone Juan Mugarza de una sección (“Cuentos, datos, curiosos, augurios y supersticiones [Aves]”, pp. 105-131) tan interesante como caótico, en el que recoge, por ejemplo, “algunos datos sobre la enfermedad de los loros, papagayos...” o “algunos augurios que se dicen de ciertas aves en el País Vasco” en la página siguiente. Entre las curiosidades no faltan unas notas sobre “la isla de los Faisanes”, que está de 350 aniversario estos días, no la isla, claro está, sino el tratado que firmaron entonces las monarquías francesa y española. De esta manera acaba la atención a las aves en este volumen, excepción hecha de algunos datos aislados y de la nómina de sanciones por caza de aves prohibidas (pp. 293-298), para dar paso a un pot pourri de datos, estadísticas, notas históricas y las más variopintas curiosidades.
Comienza el tomo II, con una introducción de la pluma de Jesús María Echegaray, que había preambulado ya el tomo I. Trata brevemente de definir el plan de este segundo volumen, pero lo difuso del objeto hace inviable tal intento, que tampoco logra el propio autor en el prólogo. Consta esta segunda parte de la obra de capítulos o secciones dedicados respectivamente a la brujería, plantas, heráldica, sueños y depresiones (que luego renombra como sueños y supersticiones cuando trata de los animales en general, a los que añade presagios de muerte). Discrimina, y hace capítulos independientes para ello, aves y animales en general. Las materias que trata en la tercera parte del libro, sin embargo, carecen de este doble enfoque, pues parece obviar ya al reino alado, por haberlo hecho antes o por falta de consistencia de los datos. Son estas secciones las siguientes: sortilegios y amuletos, costumbres, mascotas, venenos, remedios, religión, refranes, cuentos y narraciones, para acabar con unas “observaciones del autor”.
En definitiva, un libro que hacía mucha falta pero que frustró muchas expectativas, a falta de una mano o un planteamiento más serio o profesional, que nos recuerda al reciente libro Las aves ibéricas en la cultura popular de Antonio J. Pestana, Tundra ediciones, 2009.

Tradiciones, mitos y leyendas en el País Vasco.

Juan Mugarza Zaldumbide
2 tomos, Bilbao, 1981, 1987.

La primera edición la lanzó al mercado la efímera editorial “Laiz, S.A.”, en 1981. La segunda, que es la que ha llegado a nuestras manos, corrió a cargo del autor en noviembre 1987, según reza en la frontal del libro. Las dos ediciones, ya añejas ambas, están agotadas y son difíciles de conseguir.
Es un libro especial éste del bilbaíno Juan Mugarza por muchos motivos. Por el título nadie podría sospechar que fuera una obra dedicada especialmente a las aves, pero emplea en este sujeto más o menos la mitad de las 600 páginas que suman los dos volúmenes, especialmente en el primero de ellos. No en vano, ya había dado a conocer antes y lo seguiría haciendo después el autor su interés por la naturaleza, plantas medicinales y micología en particular, (Formulario de plantas mecidinales, Laiz, 1983; Setas comestibles y venenosas: conocerlas y diferenciarlas, Editorial Cantábrica, 1992; A pie por el Pagasarri: guía integral del pulmón de Bilbao, Librería San Antonio, 1993; Pinchos de setas silvestres y cultivadas, edición propia, 1995; Plantas y remedios naturales de los Caminos de Santiago, Plaza & Janes, 1999, ya publicado anteriormente de la mano de la Librería San Antonio; Afrodisíacos: recetario natural de plantas estimulantes y afrodisíacas, Plaza & Janes, 2000; los dos últimos junto al mediático navarro Txumari Alfaro, de quien era colaborador habitual) y con menos asuidad pero no menos intensidad por las aves en el voluminoso Aves de Euskal Herria, Diputación Foral de Vizcaya, 1986.
No hace falta sino abrir el libro que nos ocupa para percatarse que el autor es un amateur con tanta dedicación y entusiasmo como con falta de preparación para estas lides. Aun así el libro hace un ingente aporte de material inédito hasta entonces y también hasta nuestros días. El gran problema y carencia del libro, que lo hace casi inservible, si no es como guía orientativa, es la citación de las fuentes. Recoge el libro cientos de datos interesantisimos, algunos fruto de la labor de campo del autor, pero no cita las fuentes más que ocasionalmente y sin ningún rigor y son demasiado escasas las menciones bibliográficas (calendario Club Master 7, 1976; Essai d’une Bibliographie de la Langue Basque de Julien Vinson, para la leyenda de Pedro de Axular, Historia Vasca, del padre Bernardino de Estella para la leyenda de la Dama de Murumendi, Antología de los Líricos Castellanos de Marcelino Menéndez Pelayo para la leyenda de la Calavera, Flossantorum de Fray Petro de la Vega, 1521, para la leyenda del peregrino del Camino de Santiago…). Alguna mención en el Preámbulo del libro escrito por Jesús María Echagaray parecen dar a entender que se trata básicamente de trabajo de campo del propio autor. Otras declaraciones ambiguas de la pluma del propio autor en el Prólogo tampoco aclaran nada al respecto y el cuerpo general del libro carece de sustancial mención a fechas, lugares, informantes que sustenten esta idea y hubieran dado un incomparable valor al libro. La “leyenda del pájaro solitario” que abre el corpus, escribe el autor que “la cuenta la tradición” lo que mismo que la “leyenda del Monje del Monasterio de Leire” que hace la número cuatro y otras muchas más adelante. “Leyendas de aves”, segunda de la nómina, se la contaron “siendo niño” y la “leyenda del manantial de Azor”, sexta de la colección, le fue relatada en 1948 por un cazador alavés, la “leyenda del Buitre” se la relataron en el barrio Guezala de Ceberio, la leyenda de los Cisnes se lo contó un pescador de la zona de Lapurdi, la leyenda del Chochín o Txepetz la entrecomilla tal como se la contó un aldeano de Ceberio, aunque el lenguaje que transcribe difícilmente se le pueda atribuir a tal personaje… así de vagas y etéreas son las fuentes de las que bebe el autor.
El libro se abre con una “curiosa divagación” parece que tomada muy en serio por Juan Mugarza sobre la interpretación orgánica y comparación de la comarca de Bilbao con “el gallo silvestre de las montañas del Cantábrico”, que se trata nada más y nada menos que el esquema orgánico del proyecto realizado, eso sí, a posteriori, pero con una proyección o augurio para el año 2000. Creemos que para estas alturas, el lector ya se habrá hecho una idea ajustada del rigor científico del trabajo que nos ocupa.
Después del sorprendente inicio se presenta el corpus de Leyenda que van a completar el primer volumen. Tras un epígrafe titulado “Leyendas, mitos y tradiciones (Aves)” le sigue otro “Cuentos y leyendas”, que encabezan 80 páginas (13-96) con breves relatos no siempre relacionados con las aves, o de una manera muy tangencial, como es el caso, por ejemplo, de la “Leyenda de Pedro de Axular”; ni en muchas ocasiones directamente al menos con el País Vasco, buena muestra del espíritu viajero y peregrinage jacobeo del autor.
Sigue a este primer cuerpo de leyendas otras encabezadas con el epígrafe “Leyendas de otros países (pp. 97-104), donde incluye relatos desde Grecia hasta Japón). A continuación dispone Juan Mugarza de una sección (“Cuentos, datos, curiosos, augurios y supersticiones [Aves]”, pp. 105-131) tan interesante como caótico, en el que recoge, por ejemplo, “algunos datos sobre la enfermedad de los loros, papagayos...” o “algunos augurios que se dicen de ciertas aves en el País Vasco” en la página siguiente. Entre las curiosidades no faltan unas notas sobre “la isla de los Faisanes”, que está de 350 aniversario estos días, no la isla, claro está, sino el tratado que firmaron entonces las monarquías francesa y española. De esta manera acaba la atención a las aves en este volumen, excepción hecha de algunos datos aislados y de la nómina de sanciones por caza de aves prohibidas (pp. 293-298), para dar paso a un pot pourri de datos, estadísticas, notas históricas y las más variopintas curiosidades.
Comienza el tomo II, con una introducción de la pluma de Jesús María Echegaray, que había preambulado ya el tomo I. Trata brevemente de definir el plan de este segundo volumen, pero lo difuso del objeto hace inviable tal intento, que tampoco logra el propio autor en el prólogo. Consta esta segunda parte de la obra de capítulos o secciones dedicados respectivamente a la brujería, plantas, heráldica, sueños y depresiones (que luego renombra como sueños y supersticiones cuando trata de los animales en general, a los que añade presagios de muerte). Discrimina, y hace capítulos independientes para ello, aves y animales en general. Las materias que trata en la tercera parte del libro, sin embargo, carecen de este doble enfoque, pues parece obviar ya al reino alado, por haberlo hecho antes o por falta de consistencia de los datos. Son estas secciones las siguientes: sortilegios y amuletos, costumbres, mascotas, venenos, remedios, religión, refranes, cuentos y narraciones, para acabar con unas “observaciones del autor”.
En definitiva, un libro que hacía mucha falta pero que frustró muchas expectativas, a falta de una mano o un planteamiento más serio o profesional, que nos recuerda al reciente libro Las aves ibéricas en la cultura popular de Antonio J. Pestana, Tundra ediciones, 2009.

British names of birds

Christine E. Jackson
H. F. & G. Witherby ltd. Worcester and London, 1968
British names of birds es uno más de los diccionarios de nombres de aves de la rica tradicción anglosajona. Es, por otra parte, la opera prima de su prolífica autora, Christine E. Jackson, reconvertida de bibliotecaria en escritora, al que seguirían otros muchos centrados en el mundo de arte ornitológico, de los que merecen ser destacados A Dictionary of Bird Artists of the World (1999), Great Bird Paintings of the World (1993-94), en dos volúmenes y Bird Etchings: The Illustrators and Their Books, 1655-1855 (1989). Es asimismo autora de una obra que no llegó a publicarse y cuyo manuscrito obra en el Natural History Museum de Londrés: A dictionary of bird words: how, when, why and from whom British bird species acquired the English and scientific names, 1983. Podemos considerar a Jackson, por su obra y por la confesión que hace en la dedicatoria del libro, una ornitóloga amateur u observadora de pájaros, o una txorizale o txoriduna, si con eso se recoge, así sea aproximativamente, el sentido del término inglés bird-watcher.
Confiesa la autora en la breve introducción que encabeza el libro, que el punto de partida de la obra es el diccionario de H. Kirke Swann, de 1913. A los nombres recogidos por Swann añade, tras rigurosa selección, otros 1.100 más, recolectados de unos 200 libros tras dos años de trabajo de vaciado, de lo que resulta un corpus de unos 4.000 nombres.
Es un diccionario onomasiológico, cuyo cuerpo lo componen 329 especies de aves ordenadas alfabéticamente según la lista patrón de aves de Inglaterra e Irlanda de 1952. En la entrada de cada ave-concepto, lista la autora los distintos nombres, generalmente regionales, testados para cada uno de ellos. Y, por el contrario, nombres como el polisémico nombre blackcap, al igual que el burubeltz vasco, tiene cabida en cada una de las entradas de las aves que lo portan.
El libro consta de 125 páginas, de las cuales tan sólo 50 conforman el cuerpo o lista central, seguido de un índice que supera en páginas al propio cuerpo del diccionario y que recoge todos los nombres alternativos que completan la nónima, complemento imprescindible en este tipo de diccionarios.
Precediendo a la lista principal, sin embargo, se presentan hasta ocho listas especializadas diferentes, correspondiente cada una a determinada jerga o lenguaje gremial o a otras especificidades semánticas: cetreros, gunners y wildfowlers (sic), pajareros (en el doble sentido de cuidadores y colectores), cuidadores de cisnes, literatura y en especial poesía, inmaduros, colectivos y polisémicos. Si bien las listas son someras, y como las del resto del libro, carentes de rigurosa filiación y detalle, es esta división que nos presenta Jackson novedosa e importante, tan frecuentemente mentada como poco atendida. La especialización explica en parte la abundancia y proliferación de distintas denominaciones, sin obviar las que eran tabués y objetos de lenguajes secretos.
Las entradas del listado, como avanzábamos arriba, carecen de la rigurosidad deseable y le restan mucho valor al libro. La única información que se facilita es la geográfica y además de una manera farragosa, pues no hay la mínima distinción gráfica aparte de la mayúsculas de los nombres propios que haciera más clara la identificación de los distintos nombres. Se añade entre parentesis la especifidad de género (male / female), edad con distinción de los inmaduros (imm.), estacionalidad (winter / summer …), los términos obsoletos (obs.) y más puntualmente el rasgo poético, heráldico, gremial, etc. del dato. Por último se destacan en cursiva los nombres que tienen una extensión geográfica más amplia, lo que marca al tiempo al resto que es la gran mayoría como localismos o términos especializados.
La autora le quiere buscar algún objeto práctico al libro, al mismo tiempo que reconoce que, fruto de la pérdida de la individualidad del habla del hombre de campo, el listado, rica herencia de términos expresivos y pintorescos, puede resultar una colección de términos obsoletos limitados al interés del filólogo.
El libro, publicado en 1968, resultó un puente entre los abundantes diccionarios de nombres de aves clásicos de G. Montagu (1802, 1813), C. Swainson (1885), A. Newton (1896), C. L. Hett (1898, 1903), H. K. Swann (1913), etc. y los más modernos y especializados de F. Grenoak (1979), W. B. Lockwood (1984), por no citar los fundamentales de W. L. McAtee y los más nuevos de E. A. Choate (1985) y J. M. Sayre (1996) de nombres americanos.

Glossarium Europae Avium

Harriet I. Jørgersen & Celcil I. Blackburne.
Ejnar Munksgaard, København, 1941.
La elección del nombre en latín de este curioso libro tiene su explicación y nos retrae a los tiempos en el que el latín era la lengua de cultura por excelencia. Este multilingüe glosario recoge el nombre de 451 aves en 17 lenguas de Europa, a las que hay que añadir el latín que las encabeza y en ciertas entradas el inglés americano que deja la nómina en 19 lenguas diferentes.
No es un capricho curioso o un ejercicio filológico de comparación. Los autores explican la necesidad práctica de un diccionario para comunicarse las redacciones periodísticas o agencias de noticias, las diversas personas que llaman desde multiples rincones de Europa para dar cuenta de avistamientos de aves anilladas, etc. Todo ello, y en palabras de los editores representados por Erwin Stresemann que firma 17 veces el prefacio que abre el libro, con el propósito que ayude a promover la buena inteligencia internacional en el sentido literal como también en el sentido más alto.
Este glosario europeo surgió en Dinamarca con la ayuda financiera de Rask-Ørsted Fondet y con Harriet I. Jørgersen como su autor principal. Las otras 16 lenguas que acompañan al danés y al latín son el checo, alemán, inglés, español, francés, islandés, italiano, húngaro, holandés, noruego, polaco, portugués, ruso, suomi, sueco y turco, en riguroso orden alfabético anglo-danés.
Los autores han contado con un colaborador por idiomas, Luis Iglesias de Santiago para el español y Jean Delacour de Château de Clères para el francés entre ellos, y con hasta 4 colaboradores locales de København.
En una primera parte aparece la nomina de las diferentes especies dispuestas en los 17 idiomas a tres columnas precedidas por el propio nombre del idioma, y de a dos bloques por página, lo que da 6 especies por página y 75 páginas más una para listar las 451 especies elegidas. El orden de presentación es de nuevo extrictamente alfabético, esta vez según el nombre latino que en negrita y acompañado de una numeración correlativa encabeza cada especie. Este número es la referencia utilizada en los índices que dispuestos por idiomas y de nuevo alfabéticamente siguen al cuerpo principal.
Cierra este intersante libro un index librorum, básico y en el que predominan los libros alemanes y nórdicos, y donde los españoles están representados por el de J. Arévalo y Baca, Aves de España, de 1887, el de V. de los Reyes y Prosper, Catálogo de las aves de España, Portugal é Islas Baleares, de 1886, y el más moderno de A. v. Jordan sobre la avifauna de Mallorca y Menorca en Alemán. La avifauna francesa, por su parte, de mano de A. Manegaux y su monumental Les oiseaux de France, 1932-37.

Catálogo descriptivo de Colección de Aves e Insectos legada a Excma. Diputación de Guipúzcoa por el finado D. Ángel de Larrinua

San Sebastián, Imprenta de la Provincia, 1908.
Los autores. El autor último del catálogo es Pedro Sansinanea, aunque su nombre sólo figure en una especie de dedicatoria a la Diputación de Guipúzcoa que abre el libro. Paradógicamente, aun siendo el libro autoría de Sansinanea y la colección de Larrinua, se conoce el primero como Catálogo de Larrinúa y el segundo como colección de Sansinanea, en la que sí tuvo este último, como él mismo nos detalla en sus páginas, parte en la disecación y montaje de muchas piezas.

Sabemos muy poco del autor. El mismo confiesa en la mencionada dedicatoria que recoge el encargo que le realizó su maestro Larrinúa y que por haberse quedado huerfano tempranamente no pudo acudir a la escuela, por lo que todos sus conocimientos se los debe, trasliteramos sus palabras, al noble sport de la caza del que es apasionadísimo, la base más principal para el naturalista-disecador.

Por las indagaciones que hemos realizado, y si no hemos errado de raíz, se trata de Pedro José Sancinanea Lecumberri, nacido en San Sebastían y bautizado en la parroquia de Santa María del Coro en 1865. Sus progenitores fueron Julián Sansinenea y Ramona Lecumberri, cuyo rastro y raíces se pierden en la parroquia de San Vicente dos siglos atrás. Casó con Cándida Beldarrain, como su hermano Hilarión, presidente que fue del Orfeón Donostiarra, lo había hecho con una hermana de ésta. Enviudó muy joven, cuando tenía apenas 30 años, y se casó en segundas nupcias con Isidra Zurupe, con quien tuvo varios hijos, uno de ellos, el músico y militar Julián Sansinenea, cantante tenor y protegido del maestro Sorozabal y destacado militar en los frentes de la última guerra civil, donde llegó al grado de coronel y tuvo directa participación en la creación de las Milicias Vascas Antifranquistas, para morir en el campo de concentración de Albatera, en Alicante.

Ángel Larrinúa, por su parte, fue el artífice de la colección de aves e insectos cuyo catálogo encargo al mencionado señor Sansinanea. La colección -o colecciones- fue tan importante en su tiempo como descuidada en el nuestro, hasta el punto de malograrse en las últimas decádas del pasado siglo como detallaremos más adelante.

Ángel Larrinúa Azcona fue el mayor de tres hermanos de una distinguida familia de Bergara, cuna de la ilustracción vasca cuyo espíritu sin ninguna duda mamó desde su lecho. Su nombre completo es Ángel Francisco Felipe José Félix Benigno Salvador, lo que nos indica algo sobre el status de familiar. No conozco personalmente nada de los Larrinua Bergara, pero baste decir que su abuela materna era de los Mugartegui Mazarredo de Marquina. Sus padres se casaron el 17 de febrero de 1851 y 9 meses y dos días después, el 20 de noviembre, vio la luz el naturalista guipuzcoano.

Estudió derecho canónico y civil en la Universidad Central de Madrid, de 1863 a 1868, carrera muy frecuente entre los naturalistas de su época. Abogado de formación fue igualmente el insigne entómologo Ignacio Bolivar y Urrutia, socio fundador, con 21 años, de la Real Sociedad Española de Historia Natural en 1871. Formó parte Larrinúa, como reza en la necrológica que escribió el propio Bolivar, a la mencionada sociedad desde su fundación, cuando apenas tenía 20 o 21 años, aunque figurara el año 1872 en los listados anuales de socios. Desde el primer momento apareció interesado en coleópteros y fue un entusiasta y callado colaborador de esta sociedad y de otras iniciativas, tanto en este terreno como en cualquier otro de la historia natural, desde la minerología hasta la paleontología.

La afición a la caza, o por lo menos la formación de su colección de pieles de aves vendría años después. En la sesión de la Academia de 3 de junio de 1885, se hizo constar la presencia de los señores Larrinúa y Vila, que acudía de Barcelona. Se dio cuenta de la elaboración por parte del señor Ventura de los Reyes y Prosper de un catálogo de aves de España y Portugal, que recopilaba los datos existentes hasta la fecha y aprovechaba igualmente la colección que recientemente se había formado en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Manifestó entonces Larrinúa que gustosamente cedería al señor Reyes para su estudio los ejemplares de aves que ha tenido ocasion de examinar y posee cazadas en Guipúzcoa y principalmente en el punto de su residencia, para que estos nuevos datos pudieran figurar en el referido catálogo. Creemos que ésta es la primera noticia que tenemos sobre la colección guipuzcoana, que ya estaba para entonces básicamente conformada. A partir de ese momento, que presentó en sociedad su colección de aves, se hizo constar en sus campos de interés de los listados de socios, junto y por delante de la entomología el de la ornitología.

Presidía esa sesión el financiero bilbaíno y también destacado entómologo Serafín de Uhagón. Compartió con él, además de amistad y colaboración, en Maláquidos de España por ejemplo ya al final de su vida, algún cargo de responsabilidad dentro de la Asociación, concretamente el de vicesecretario, siendo entonces Uhagón tesorero de la misma.

Después de sus estudios en Madrid había vuelto Larrinúa a su Bergara natal, como hace constar en el listado de socios de la Española de Historia Natural y en infinidad de observaciones naturalísticas de todo tipo. Para el año 1880 se instaló en la capital guipuzcoana, en la calle Legazpi primero y a no mucho tardar en la Plaza de las Escuelas. Tomó parte activa en la vida social y política de su época, donde paradójicamente fue Administrador Accionista, en representación de la Diputación, de la Junta del Puerto de Pasajes en sus polémicos años de ampliación. Fue también uno de los pioneros, junto con Modesto del Valle, conde de Lersundi, Ramón Luis de Camio, Inocencio Soraluce, Rogelio Gordón y otros entusiastas de la época de la asociación excursionista Euskal Batzarre que se inició en 1890 con una excursión a las cuevas de Landarbaso y se consagró con una de más calado en 1892 a las de Aitzbitarte. Acabó la sociedad pocos años después fusionada con la Easo para dar luz a la de Bellas Artes.

No escribió, que sepamos, nada -salvo una breve nota titulada Hallazgos de restos de hyæna en Aizquirri, en los Anales de la Española de Historia Natural-, pero se entregó a sus colecciones y colaboró activamente con otros naturalistas que sí lo hicieron y estamparón su nombre en sus publicaciones e incluso en el nombre científico de alguna especie como el optóptero Aplebia larrinuae, bautizado en su honor así por Bolivar. Colaboración especialmente reconocida, como hemos indicado arriba, fue la que tuvo con el joven Ventura de los Reyes y Prosper para la confección de su Catálogo de las aves de España, Portugal e Islas Baleares, publicado en 1886. Gracias a este catálogo tenemos valiosa información sobre el origen de muchas piezas de la colección de Larrinúa que envió al ornitólogo extremeño. Imaginamos que le mandaría las pieles desmontadas, aun así esto podría explicar en parte el comienzo del deterioro que sufrió con el tiempo la colección. Aunque algunas piezas como Circaetus gallicus (Irisasi [sic]), Falco subbuteo (Hernani), Astur nisus (Fuenterrabia, Accipiter nisus en Reyes), Scops aldrovandi (Irun), Picus major (Oyarzun), Cuculus canorus (Azpeitia) se citan para otros puntos de la provincia, a partir de la última mencionada, no sabemos si por comodidad de Reyes o del propio Larrinúa, sólo figura San Sebastián como lugar de origen de las piezas, salvo Pterocles arenarius que se cita en Zumaia.

[y antes lo había hecho en los estudios sobre ortópteros de I. Bolivar (1876-78) y de Cazurro Ruiz (1888)].

Falleció joven, en 1901, recien trasladado a la calle San Marcial nº 22 y cuando todavía no había cumplido los 50 años. Coincidió su muerte, con la del botánico gallego Miguel Colmeiro y Penido, cofundador al igual que el mencionado Bolivar, de la Real Sociedad Natural Española de Historia Natural. Digamos de paso, que Colmeiro había nacido en 1819 y no en 1859, como por error informa Wikipedia.

Birds in Greek Life and Myth

John Pollard
Thames and Hudson, 1977, Plymouth.
Comenzamos esta serie bibliográfica presentando un interesante libro muy reconocido, especialmente en los ámbitos universitarios de los estudios clásicos. No en vano, es una cuidada edición que forma parte de la prestigiosa y prolífica colección Aspects of Greek and Roman Life, dirigida por el profesor H. H. Scullard.
El autor, John Richard Thornhill Pollard, inglés de nacimiento (1914) pero unido a Escocia y sobre todo a Gales en su dilatada vida académica, es autor de numerosos trabajos sobre cultura helénica, entre ellos éste que presentamos sobre las aves en la vida y el mito griego, único, hasta donde sabemos, relacionado con la ornitología. No debemos pensar, sin embargo, que Pollard conocía las aves sólo a traves de los libros, también fue un avezado deportista y naturalista, cuyas observaciones in situ y extraídas de trabajos ornitológicos modernos complementan su libro.
La obra no es extensa, apenas son 224 páginas más 16 de ilustraciones, de las que más de 30 son dedicadas a índices, bibliografia, notas y listas, todo muy rico y riguroso. Y aunque el tamaño del texto ronda el cuerpo 8, no deja de ser un libro de pequeño formato y en consecuencia, como no podía ser de otra manera, una sintésis el estudio que nos presenta, un synoptic view en palabras del propio autor, muy ameno y fácil de leer.
Es hija esta obra, como reconoce su autor, del clásico de A. W. Thompson A Glossary of Greek Birds (1895, 1936), única obra hasta entonces sobre la materia, y añadimos nosotros que madre a su vez de la reciente Birds in the Ancient World from A to Z de W. G. Arnott (Routledge, 2007).
Nos pudiera parecer lejano y exótico el mundo ornitológico griego, pero nada más lejos de la realidad. Además de ser la cultura griega uno de los basamentos de nuestra cultura general, no lo es en menor medida de la ornitológica en particular. Baste recordar que muchos de los nombres binomiales taxonómicos de las aves son compuestos por una denominación mixta greco-latina, otros muchos simplemente griegos y no menos los helenismos latinizados. Griegos son, entre otros muchos, korone, corax, chelidon (ahora restringido a Chelidon urbica para el avión), kypselos (ahora apus, nombre igualmente griego, aunque latinizado), erithakos, epops, merops, iynx, tetrix, hypolais, chloris, kokkothraustes, skops, nyktikorax, oinanthe, perdix, krex, charadrios, skolopax, laros, gyps, etc. etc. Lo curioso e interesante, y objeto de estudio en el libro, es que muchos de estos nombres no representaban a las aves que refieren en la actualidad. Así, por ejemplo, kinklos corresponde a Motacilla sp. y otras pequeñas acuáticas, sin mencionar al mirlo acuático (Cinclus cinclus) que nombra en la taxonómica actual; y tetrix e hypolais, que son sinónimos, corresponden a la bisbita (Anthus sp.) y no al urogallo (Tetrao tetrix) o a los zarceros (Hipolaiss sp.)
El libro esta divido en tres partes, cada cual más interesante.
La primera de ellas recoge bajo el genérico título de Aves en la Antigua Grecia dos capítulos introductorios y un corpus avifaunístico presentado en ocho grupos de motivación mitad etológica mitad cultural. Los mencionados capítulos versan respectivamente sobre la actitud de los griegos hacia las aves y sobre las autoridades en la matería. Sirva como resumen del primero la cruda y triste aseveración de que los griegos no eran sentimentalistas en lo que se refiere a las aves, que atrapaban y mataban cruelmente, y sobre las autoridades basta recordar que Aristóteles es sin duda la gran referencia, pero que son innumerables las fuentes menores, como da buena y exhaustiva cuenta el libro en sus 19 páginas de notas a triple columna.
Aunque la tercera parte del libro esta dedicada a las aves en la mitología, el último de los ocho apartados de aves del corpus trata de las aves fabulosas, entre las que cabe destacar al Alkyon relacionado con el martín pescador (Alcedo atthis) en quien fue transformado el vanidoso Alcíone, y al renacido Phoenix, identificado con el Phoenicopterus, que es el flamenco.
La segunda parte del libro trabaja los aspectos relacionados con el rol de las aves la vida y la sociedad helena antigua. Comida y deporte, fenomenos naturales, augurios y adivinaciones, magia y medicina, y animales domésticos. Sin duda, el extenso capítulo dedicado a los omen, palabra inglesa de origen latino, de la cual parece derivarse también la vasca, es de mucho interés. Pone Pollard en boca de Aristófanes la equiparación y sinonimia entre ave y augurio (palabra que deriva de la primera), y destaca que para los griegos, igual que para otras muchas culturas primitivas, las aves eran los agentes de los dioses, de donde procedían todas sus virtudes divinas. En el más breve pero igual interesante capítulo sobre magia y medicina cita, por ejemplo y entre otros, al pájaro carpintero y a la abubilla como aves poseedoras de poder curativo.
La tercera y última parte del libro es la dedicada a las aves en la mitología. Aves sagradas, aves en la edad del bronce, dioses en forma de ave, humanos en forma de ave, cultos avifáunicos, folklore y fabulas, y pájaros alma son las capítulos de esta parte. Entre las aves sagradas destacan en la cultura helénica el águila de Zeus, el buho de Atenea y el halcón de Apolo. Las aves eran para los griegos las epifanías de las deidades, que hundían sus raíces en la Edad del Bronce. No entramos a citar, ni tan siquiera de pasada el rico folklore y la basta mitología griega concerniente a las aves, tan sólo aclarar que el último capítulo del libro, trata bajo ese intrigante epígrafe de soul birds o pájaros alma la no menos intrigante cuestión de las sirenas avi-humanas.